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6-03-2016 SIERRA GORDA

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Categoría: Senderismo

No sin pereza por haber dejado nuestras, aún humeantes camas, nos dirigimos esta vez a la Sierra Gorda de  Loja y tras  coger un sendero habilitado perfectamente para los coches, ascendimos a medida que aumentaba la niebla y el frío hasta El Charco del Negro. En esta ocasión no  éramos un grupo muy numeroso, ya que algunos prefirieron quedarse en “el sobre” antes de sufrir con los amigos.

 

Nada más bajarnos de los coches comprobamos  el frío reinante. Suerte tuvimos que el  viento no corriera  en exceso,  pues de haberlo hecho, como es su oficio en estas cumbres plagadas de molinos,  estoy seguro de que hubiésemos pasado un mal trago. Tan pronto comenzamos a andar,  como suele pasar,  nos aclimatamos y empezamos a disfrutar,  si bien no de unas vistas espectaculares  a larga distancia debido a la niebla,  sí de unas imágenes cercanas poco usuales en estas latitudes. Un espectáculo de esculturas de viento e hielo. Todo el camino estaba plagado de fantasmas helados, de espartales congelados y espectros de cintas vegetales formando figuras que desafiaban a la gravedad. Un paisaje “a corto “, de una plástica poco frecuente, ideal para una visión “Macro”. Tras caminar un buen tramo, comprobamos  que Don Quijote  llevaba razón. Son “molinos”… y “gigantes”…..y demás, no paraban de arrojarnos  vengativos trozos de hielo que despedían de sus aspas.

Dio un poco de calor a la ruta algún que otro despiste de nuestros ruteros, improvisados en esta ocasión, sin más consecuencias que las bromas al respecto y mi promesa de no contárselo a nadie. Visitamos algunos abrigos naturales en la cumbre,  para el   ganado, aprovechados en la roca viva y donde pudimos descansar un tanto, refugiándonos del frio.  

 

Cuando la niebla despejaba un poco, dejaba asomarse un tímido sol que  se agradecía y aclaraba la situación. Se mostraba entonces  una sierra  pelada, fria y agria por los lapiaces y dolinas. Se transformaba en un singular paisaje lunar adornado por  pequeñas encinas y espinos  cubiertos aun de hielo. Algunos pequeños neveros disfrutaban vírgenes y fugaces al pie del camino y buscaban refugio a la sombra de alguna roca,  librándose de momento de su seguro cambio de estado. Durante toda la mañana no pudimos desprendernos del  pasamontañas y guantes, pero tanto el buen ambiente, como algunos motivos para fotografiar excepcionales,  hicieron que mereciera la pena sobradamente la excursión.

Terminamos sin más novedad con un tradicional carajillo con “Baileys”, no había “Maritoñis“, solo piononos y roscos… “Loja siempre fidelis” ¿Qué le vamos hacer?

Habrá que dejar algo para la próxima ocasión.

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